No era un domingo cualquiera, salí de casa para desayunar, conducía sin pensar, llevada por un impulso feroz de llegar a ninguna parte.
Cuando me detuve estaba en medio de la nada, en una carretera sin señales, unos niños jugaban en el arcen al lado de una caseta donde vendían vino de palma, compré un par de botellas y bebí un vaso allí mismo para entablar conversación. Eran muy pobres y no tenían nada que decir.
Saqué la cámara y jugaron un rato a combinarse y posar sonrientes frente a mi. Es increible cómo se puede ser tan feliz, con mi cámara podrían vivir todos un año. Con el 4x4 que aparqué en el arcén podrían dejar de vender vino en medio de la nada selvática y mudarse a la ciudad.
Y sin embargo yo sigo sin saber hacía dónde ir.
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